Obtener PDF Narraciones de Ilopango, El Salvador: La Tierra de Ensueños

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Era Nemi. Este cariño filial y paternal pudo resolverse en un matrimonio; pero Diego tenía, al tenor de su pro- pia expresión, palabra de rey; y Atonal moribundo sólo le había entregado una pupila.

Su grande amigo Diego de Almagro tenía un hijo de nombre también Diego, joven apuesto que frisaba en los veinte años y cuya madre era una pala o prin- cesa de la casa de los Incas. Expresamente lo dice el historiador indio, Camargo. Un día encontró el de Alvarado a Diego de Alma- gro el joven y a Nemi, hablando en la actitud tan co- nocida de los enamorados, a la puerta de la tienda del blasón verde.

Demudóse el semblante del gran Diego; pero Nemi, para evitarle tan gran pena, llevó su mano a los labios del español, y le dijo con noble seguridad: —Es mi prometido—. Y después, cobrando su silueta de princesa, que siempre ocultaba, añadió: —Es hijo de una pala: puede una sublevación de América, arrojaros a vosotros: podría él entonces, aspirar a sentarse en el tablón de oro de Atahualpa:.

Al día siguiente, Nemi en persona despachó, con los sirvientes, diez y seis cajas de oro, que equiva- lían a tal suma; pero Hernando las devolvió, con la razón lacónica para Diego:.

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Desde antes, siempre Diego de Alvarado había defendido al prisionero, y nadie creyó que influyera en él tal donativo cuando obtuvo por fin salvarle la vida. Los abrazos de Almagro el joven, instado por Nemi, a su padre el indignado mariscal, no entra- rían por poco, sin embargo, en tan inesperada cle- mencia. Pero giró en sentido contrario la rueda de la for- tuna Ni atendió estos derechos el Gobernador Fran- cisco Pizarro, ya vencedor y el tutor de dos príncipes indios, Diego de Alvarado, partió con Nemi para Es- paña a pelear ante el rey y los jueces, los derechos de su pupilo.

Llegó poco después que él a Madrid el despia- dado Hernando, y los ríos de oro que derramó para burlar el juicio entablado fue tal por todas partes, que el rey y emperador, con su espíritu caballeres- co, dijo a los conquistadores: Sois caballeros: lo que no pueden los jueces, lo puede un juicio de Dios: dirimid el asunto en un torneo. En seguida el cartel de desafío era enviado por Diego al orgulloso Hernando que podría en el lance a que se le llamaba ostentar su famoso penacho de plumas blancas.

Si Diego de Alvarado ma- taba a Hernando El Emperador mismo, en torno del cual sonaban las armas de sus caballeros, acudía a lo inaudito del suceso Diego de Alvarado había sido hallado muerto en su lecho. Hernando Pizarro fue reducido a prisión, que duró veinte años, en el castillo de La Mote. La pala, hija de otra pala, y del difunto marqués Francisco Pizarro, pasaba de vez en cuando a dar alguna noticia que fuese desesperante a la portera de la casona en que vivía Nemi.

La buena mujer respondió con voz solemne: —Nemi Vosotros le quitasteis los dos padres que le habían quedado en la vida; después le habéis arrebatado a su prometido: no pudiendo dar a su vida el empleo que ella deseaba, Dios ha escuchado sus votos y ha querido llevarla donde reciben el pre- mio que les es debido las buenas almas, como era la suya; pues Nemi ha muerto hace tres días. D on Francisco Rodríguez de Rivas, maestre de campo de los reales ejércitos, corregidor de Rio- bamba, en el antiguo reino de Quito, tomó posesión de la presidencia de la Capitanía General de Centro América el día 4 de octubre de Pues bien, ese mismo año se casó.

He aquí lo que nos interesa. Alta, airosa, casi elegante: algo había de muy distinguido en aquella mujer. La historia de Agar se reduce a pocas palabras. De reina pasó a esclava. La reina en Africa, vino a ser esclava en América. Esto ha sucedido con mucha frecuencia. Cuando Agar presentó al de Rivas el primer re- cado de su ama, los dos temblaron. Podría haberse entendido con doña Rosa mano a mano, en los bailes y saraos; pero en aquellos tiempos esto era poco elegante; en asuntos de amoríos debían andar en medio las esquelas y las terceras.

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Los dos temblaron, dije. Agar era la favorita de doña Rosa: el lujo de la favorita venía en abono de la señora y los ducados de ésta le permitían esos caprichos: esto no era raro en aquel tiempo. Agar le tendió la carta de su ama, con un mo- vimiento de estatua. El presidente estrujó la carta, y Agar se sonrió: había tanta nobleza en sus ade- manes, que desaparecía en ella completamente su condición de esclava. Agar levantó la cabeza con desdén: —No puedes ser ni mi esposo—. El es- pañol se sintió herido; pero no se rió: —Esclava, soy caballero—.

Agar contestó: —Vasallo, soy reina. La esclava pronunció estas palabras de modo que fue imposible replicarle. En seguida añadió con una voz ahogada: —Blanco, la hija del sol africano es tuya. El caballero tenía los ojos como llamas, la respiración rendida por em- briagador cansancio, la sangre brotando furiosa por las venas de desapacible tirantez: —Lo juro. He aquí que doña Rosa se casó ayer con el señor don Francisco Rodríguez de Rivas. Agar pasó una noche horrible. Su ama le ha ofre- cido conservarla, aunque casada, en el mismo pues- to que antes; quererla siempre, nunca separarse de ella.

Agar sintió que toda su sangre, quemada por el sol de la Nubia, se revelaba en deseo criminal inaca- bable. Aquella noche se durmió tarde y tuvo sueños monstruosos: su ama tomaba el aspecto de una fie- ra que le devoraba los pechos. Dormía la negra en un cuarto vecino a la alcoba de los recién casados: un trueno no la habría despertado, porque dormía profundamente; pero un beso salido de aquella al- coba la puso en espantoso sobresalto. La negra abría los ojos en la sombra y se retorcía en desesperada convulsión como una condenada.

Por fin amaneció. Se levantó de prisa y se fue a espiar por el ojo de la llave de la alcoba donde dormían los recién casados. En seguida salió al jardín y se puso a ver el sol.

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Cualquiera que le hubiera visto la cara en aquel momento habría dicho; ésta ha pasado la noche en el infierno. Ruégoos, hijas de Jerusalem, que no despertéis a mi amada, la de los pechos blancos como dos ga- mitos mellizos. Rosa se despertó muy tarde, muy tarde: tente, Romeo; que tarda mucho en venir el sol todavía. Rooth, el dios de la Nubia, es vengativo con los perjuros. Agar se llamaba en la Nubia Raukc, que quiere decir puñal de piedra.

Agar, mientras miraba al sol, pensaba en su venganza.


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Ella había pensado en la muerte, cuando antes de las bodas de su amante, había re- cibido sus desprecios y su burla. No se mató. Seis meses habían pasado desde la noche de la boda.


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Agar se había deslizado en este tiempo con una astucia de víbora. Sonrisas para la ama, respeto pro- fundo pero afectuoso para su señor que ya no veía en. Agar y su señora tienen entre sí secretos reser- vados. Agar disimula. Agar se humilló como una perra. Rosa no hizo caso. La esclava fue al joven y le dijo lo que había sucedido. Rosa le miró. El joven volvió a pasar.

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Agar y su ama se tenían unos secretos espantables. Un día el señor don Francisco Rodríguez de Ri- vas, había hecho un viaje. Agar los mira entrar y se ríe como un demonio. Un hombre le sale al camino: —Tomad señor —le dice—.

Vuelve la vista: el emisario de la deshonra ha desaparecido. Agar vuelve los ojos en horrible convul- sión: con la diestra empuña el vaso de veneno que ha apurado, sostiene con la siniestra la puerta, de- fendiendo la entrada. El caba- llero da un rugido, y la esclava, sosteniendo la puer- ta con aire sardónico, empieza a estirarse con las convulsiones de una agonía infernal.

Allí empezó una lucha espantosa: él quería en- trar y la esclava se agarraba de la puerta con las uñas, y al mismo tiempo luchaba con la muerte y con el caballero: era aquello horroroso. Por fin la ne- gra soltó la puerta y se desplomó. El caballero puso el pie en el cuello de Agar y penetró en la alcoba: allí no había nadie.

Los amantes se habían escapado. Se abre la escena al son de las fan- farrias militares que en la plaza real acogen la en- trada de las tropas de Arce, victoriosas sobre los si- tiadores. La plaza sitiada carece de víveres, cuando se presenta con una partida numerosa de ganado, robado en las haciendas de los imperialistas, el fa- moso Bambita, que se declara del partido republi- cano. La serenata hace llegarse a la ventana a Felícitas, pero indigna a don Isidoro, en cuyo so- corro llegan todos los imperialistas, mientras Sencio se ve rodeado y defendido por la soldadesca victorio- sa.